por Eduardo "Pachorro" Gamero
De entre todas las cosas que podemos reflexionar acerca de nuestra gente, indudablemente una de las que más podemos sentir como propia e indiscutible, es su educación, su solidaridad y su tolerancia.
tolerar:
- Sufrir, llevar con paciencia.
- Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.
- Resistir, soportar, especialmente un alimento, o una medicina.
- Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
Esta afirmación la decimos "a cara'e perro", la defendemos a ultranza, y si quiere, hasta podemos llegar a pelearnos con quien ose ponerla en tela de juicio: somos un pueblo con cerca del 100% de índice de alfabetización, lo cual nos hace educados y respetuosos, un pueblo que sufre ante los problemas de los demás, que siempre está dispuesto a tender una mano, y somos personas con suficiente criterio como para ser amplios y... ¿tolerantes?
Aquí nos empiezan a temblar un poco los dedos, en otras ocasiones firmes y decididos, y levantamos la mirada buscando hechos que la corroboren. No cabe duda de lo de educados y solidarios, no nos hace falta hurgar demasiado para encontrar infinidad de pruebas acerca de ello, pero al decir tolerantes, la búsqueda se hace un poco más dificultosa.
Ayer estuvimos junto a personas de la comunidad gltb, que por si Ud. no lo sabe, se refiere a la comunidad gay, lesbian, trans y bi, de nuestro país. Viendo de cerca su problemática, que por supuesto es por demás sabida y asumida, no encontramos prácticamente nada nuevo por descubrir, aparte de algunos detalles menores, pero lo más interesante es toparnos con lo extremo que puede llegar a ser su día a día. Alcanzó con caminar unas cuadras con una de ellas para entender qué es lo que se siente cuando las miradas de los demás se dirigen insistentemente hacia nosotros; y digo nosotros porque las miradas, y la discriminación, se alternan entre el objeto primariamente discriminado (¡sí!, discriminado) y quien se ubica en su entorno.
Entonces es cuando percibimos la incomodidad... cuando caemos en la cuenta de lo tortuoso que puede llegar a ser la percepción de ese sentimiento de rechazo, de curiosidad o de burla, que proviene de todos los sectores de nuestra sociedad.
¡Señores!... ¡¡Vamos a sacarnos la careta!!
Digamos que somos tolerantes cuando verdaderamente seamos capaces de caminar junto a una persona diferente, cuando seamos capaces de mirarla a los ojos, de conversar con ella, de comprenderla, de ayudarla si es necesario.
Digamos que somos tolerantes cuando una de estas personas se presente con un currículum a solicitar un empleo y no le respondamos que no va a servir sin siquiera corroborar sus capacidades. Porque ellas también constituyen una fuerza laboral.
Digamos que somos tolerantes cuando ingresen a un centro de salud y el personal de enfermería y médico lo trate como a cualquier otro paciente. Porque también son seres humanos.
Digamos que somos una sociedad tolerante cuando en la crudeza del invierno, existan refugios para hombres, para mujeres y para trans. Porque también existen.
Digamos que tenemos un gobierno tolerante cuando sus reclamos y petitorios sean atendidos con la misma diligencia que los reclamos de cualquier otro ciudadano. Porque también votan.
Digamos que somos tolerantes cuando hablemos de una persona transexual o travestista y nos refiramos como ella, que es como vive y siente, y no como él, que es como nació.
O sea ... también podríamos empezar a a hablar de las travesti, en vez de los travesti... por si no nos quedó claro, ¿vio?
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